La artista afrocubana Harmonia Rosales reimagina el arte renacentista con protagonismo para los negros

(CNN) — Pensemos en la famosa “Creación de Adán”, de Miguel Ángel; “El nacimiento de Venus”, de Sandro Botticelli o “La última cena”, de Leonardo da Vinci. Cuando se piensa en los grandes relatos visuales del arte occidental sobre los inicios de la humanidad, y todos sus triunfos, belleza, tragedias y significado, es probable que parezcan muy blancos.

Esto se debe a que, durante siglos, las tradiciones artísticas del Renacimiento europeo han sido la autoridad de tales temas. Fue entre los siglos XV y XVI cuando “el arte pasó a considerarse una rama del conocimiento”, según Britannica, “valiosa por derecho propio y capaz de proporcionar al hombre imágenes de Dios y sus creaciones, así como percepciones de la posición del ser humano en el universo”.

Pero la artista estadounidense de origen afrocubano Harmonia Rosales es una de las personas que pretenden cambiar radicalmente esta concepción de las ideologías occidentales como norma. Una selección de su obra en este sentido se exhibe actualmente en la exposición “Harmonia Rosales: Master Narrative”, en el Museo de Bellas Artes del Spelman College, de Atlanta. (Una versión de la exposición se mostró por primera vez el año pasado en el Museo AD&A de la Universidad de California, en Santa Barbara).

La idea al centro del arte de Harmonia Rosales es la reivindicación de la identidad cultural y el descubrimiento personal. Crédito: Elon Schoenholz/ Harmonia Rosales

A través de 20 óleos y una instalación escultórica a gran escala, la obra de Rosales desafía al espectador a considerar la universalidad de la creación desde la óptica de la diáspora negra. La exposición recoge siete años de trabajo, en los que Rosales entrelaza las técnicas artísticas y las hegemonías de los antiguos maestros europeos, centrados en el cristianismo y la mitología grecorromana, con los personajes, temas e historias de la religión yoruba.

La tradición religiosa yoruba se basa en un creador supremo llamado Olodumare y una jerarquía de varios centenares de deidades, conocidas como orishas, que gobiernan colectivamente el mundo y la humanidad. Originada en África Occidental hace al menos varios miles de años, a los esclavos se les prohibía practicarla porque muchos esclavistas blancos la consideraban maligna y una amenaza para la obediencia que deseaban.

“Ori” es el término yoruba para “cabeza” y denota tanto la parte superior del cráneo como la noción del destino personal divinamente encarnado en ella, dice una placa del museo para la obra homónima de Rosales. Crédito: Lucy Garrett/Harmonia Rosales

El arte del Renacimiento excluía en gran medida a los negros, incluso cuando surgió durante las primeras fases de la trata transatlántica de esclavos que acabó llevando a América a 10,7 millones de hombres, mujeres y niños africanos, de los cuales unos 1,67 millones eran adeptos a la tradición yoruba.

Entonces, ¿por qué centrar a los negros en una forma de arte que los condenó al ostracismo, en lugar de crear un espacio totalmente nuevo para transmitir esta “narrativa maestra”? Para Rosales, la mejor manera de diversificar el medio es operar desde dentro de sus parámetros.

“Porque es lo que se ha generalizado. Intento educar a las masas en una religión que ha estado oculta durante bastante tiempo”, afirma Rosales. “Quiero hacerlo muy lineal, comprensible y digerible, para luego poder profundizar”.

“Estoy tomando la vía exprés de enseñar a la gente quiénes son”, añadió. “La única forma de hacerlo es reimaginando ciertas imágenes famosas”.

“Lo que está haciendo es diferente a lo que hace mucha gente que trabaja en la figuración negra ahora mismo”, dijo Liz Andrews, directora ejecutiva del Museo de Arte del Spelman College, sobre la obra de Rosales. “Está recuperando una historia que ha sido activamente mutilada”.

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Con su ascendencia mixta, que también incluye raíces jamaicanas, Rosales dice que “nunca me sentí suficiente de nada” durante su infancia. No encajaba en ningún cajón racial o étnico, y luchó por cambiar ciertos rasgos físicos que la sociedad históricamente no ha considerado atractivos, como su pelo rizado y ensortijado, que durante años alisó con alisadores químicos que le regaló su abuela, o sus codos y rodillas, más oscuros que el resto del cuerpo.

Rosales, que creció en Chicago, probó suerte en la escuela de arte, pero no le gustaron las limitaciones que, en su opinión, imponía a sus instintos creativos. Así que encontró su inspiración en los libros de arte, la investigación y los museos, donde podía observar de cerca las pinturas para estudiar las técnicas, en particular las de los artistas del Renacimiento. “Se dedicó tiempo y amor al arte renacentista, y eso se nota en la obra”, dice Rosales, que lo describe como “el marco de la belleza estadounidense, de la percepción de la belleza, de todo”.

Como artista autodidacta, Rosales se dio a conocer por primera vez después de compartir su pintura “La creación de Dios” (foto de abajo) en las redes sociales, en 2017.

En “La creación de Dios” de Rosales, Dios es una mujer negra. Crédito: Lucy Garrett/Harmonia Rosales

En los años posteriores, Rosales ha visto su obra expuesta en el Museo Andy Warhol, de Pittsburgh, el Museo de Arte Contemporáneo de la Diáspora Africana, en Brooklyn, y el Museo de Arte Brooks, en Memphis, entre otros lugares.

Repensar el condicionamiento

Cuando Rosales tuvo a su primera hija, recordaba que estaba emocionada por tener un “pequeño yo”, igual de maravillada por los museos de arte, y en particular por el arte renacentista. Pero la primera vez que Rosales llevó a su hija, que entonces tenía 4 ó 5 años, a una galería que exponía obras de la época, no le gustó nada.

“Le dije: ‘¿Por qué no te gusta esto?, dice Rosales refiriéndose a un retrato en particular. “Ella dice: ‘No se parece a mí'”.

“Volví a ver [el arte] con ojos inocentes, sin todas las diferentes manipulaciones que te pone la sociedad sobre cómo deberías ser”, añadió. “No quiero que a mi hija le laven el cerebro como a mí… Quiero que le guste su pelo, su piel, sus labios, su nariz, todo”.

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Además de crear grandes relatos en los que sus hijos puedan verse reflejados, el deseo de potenciar y representar la belleza y la fuerza de las mujeres negras también se refleja en toda la obra de Rosales.

La obra de Rosales demuestra su camino hacia la autonomía y el amor propio, con figuras pintadas con rasgos que antes no le gustaban de sí misma. Crédito: Cortesía de Harmonia Rosales

“Quería representar visualmente a las mujeres de color, en concreto, porque soy mujer, como algo de puro poder”, dice Rosales.

Muchos de los personajes de las obras de Rosales tienen la piel oscura, a menudo con tonos negros azulados y a veces elementos plateados que les confieren un carácter majestuoso y mitológico.

Vistas en persona, las figuras de sus cuadros parecen tan reales que es casi como si se pudieran tocar. Este efecto es deliberado, ya que adopta una técnica empleada por los antiguos maestros europeos para pintar la piel blanca de forma que brille y destaque sobre el lienzo; consiste en aplicar capas finas de pintura para que la luz resalte los distintos rasgos y cree profundidad, explica Rosales. Lo diferente de la técnica de Rosales es la mezcla de colores: una gama de marrones, negros, rojos, verdes y azules, para captar la diversidad de los tonos de piel más pigmentados.

También está representada la diversidad física de la diáspora africana. Hay mujeres curvilíneas y esbeltas; personas de piel más clara con pelo rubio, albinismo o pecas; y personajes de piel morena con mechones rojos y vitíligo, una enfermedad que hace que las manchas de la piel pierdan pigmento o color cuando se destruyen las células productoras de melanina.

Poner nuestra perspectiva en la gran narrativa

“Como nos mataban o nos castigaban, para adorar a los dioses yoruba, teníamos que ocultarlos en estas máscaras blancas durante tanto tiempo que, generación tras generación, olvidábamos quién estaba realmente detrás de esa máscara”, explica Rosales sobre la práctica de los seguidores yoruba de confundir a sus dioses con importantes figuras católicas con significados similares, para poder adorarlos de forma encubierta.

La “Señora de Regla”, reinterpretada por Rosales. Cortesía de Harmonia Rosales

La exposición examina esta dinámica en retratos como el de Rosales “Señora de Regla”. Una placa de esta pieza en la exposición de Spelman explica: “La Virgen católica de Regla, la única figura de María Negra en Cuba, se confunde a menudo con la orisha Yemayá, madre de todos y diosa del océano en las Américas”.

La pieza es una representación exuberante de Yemayá vestida con lujosos paños azules (el mismo atuendo que suele llevar la Virgen María), sosteniendo a su hija, la niña Eva, en lugar de Cristo, y rodeada de flores en plena floración.

“Con el tiempo, orishas y santos se fusionaron en un proceso conocido como sincretismo religioso. En sus pinturas, Rosales alude a este sincretismo cuando representa las auras (conciencia espiritual y destinos) de los orishas como halos dorados, un recordatorio de los santos a los que se asimilaron”, escribió Helen Morales, profesora de la UCSB que dirigió la curaduría de “Master Narrative” en su primera iteración, en un catálogo de exposición del mismo nombre.

“Migración de los dioses” representa a africanos esclavizados llevando a sus dioses a cuestas en medio de “los horrores del Paso Medio, condensando tiempo y geografía en un solo cuadro”. Crédito: Lucy Garrett/Harmonia Rosales

“Hay un tipo diferente de sincretismo en muchos de los cuadros de Rosales”, continúa Morales. “El sincretismo aquí es también generativo, desafía nuestros cánones de belleza y nos anima a trazar similitudes y diferencias entre las mitologías griega, romana y yoruba. Forma parte de la generosidad de espíritu y la visión amorosa de Rosales el hecho de que, en última instancia, esté tan interesada en lo que nos une como en lo que nos separa”.

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La leyenda yoruba dice que Yemayá, al querer transportar emocionalmente a sus hijos desplazados a distintas tierras durante la trata de esclavos, se hizo una con el océano y se le atribuye el mérito de salvar a los yoruba que sobrevivieron a su viaje en barcos esclavistas.

Yemayá también se refleja en otras obras de “Master Narrative”, como el cuadro “Ascensión a las aguas”. En otro, “Yemayá conoce a Erinle”, se representa la capacidad de deseo de Yemayá al enamorarse del divino pescador.

Aunque Rosales retrata la esclavitud, sus cuadros también captan la multidimensionalidad que poseen los negros, como en ” Yemayá conoce a Erinle”. Crédito: Lucy Garrett/Harmonia Rosales

La pieza principal de la exposición es la reinterpretación escultórica que Rosales hace del famoso cuadro de Miguel Ángel en el techo de la Capilla Sixtina. Las dramáticas escenas de los relatos bíblicos de la creación han constituido durante mucho tiempo una historia visual del desarrollo espiritual de la humanidad. Para Rosales, la exposición no habría estado completa sin una recreación de la misma.

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“No sabía cómo iba a exponerlo”, explica Rosales sobre el proceso creativo que acabó convirtiéndose en su primera incursión en la escultura. “Era como: ‘Vale, recrea el techo de una capilla’, pero eso va a ir en contra de todo lo que estoy diciendo. El techo de la capilla es lo que nos aprisionó al principio: el aspecto de obligar a todo el mundo a seguir una religión”.

“Han estado con nosotros todo el tiempo”, dijo Rosales sobre los dioses yoruba representados en su instalación “Master Narrative”. “Viajaron por el Atlántico con nosotros: les ayudamos a sobrevivir y ellos nos ayudaron a sobrevivir”. Crédito: Lucy Garrett/Harmonia Rosales

Extendida sobre el casco cóncavo de un barco de esclavos volcado, “Master Narrative” es un audaz acto de reivindicación, basado en la rica obra de Rosales para capturar la creación de los orishas y la Tierra, sus gentes y las historias de sus vidas.

Un tema similar se encuentra en “Still We Rise”, una gran composición que toma su nombre del poema de Maya Angelou y está inspirada en el fresco de Miguel Ángel “El juicio final”, que cubre la pared del altar de la Capilla Sixtina. La piel desollada de san Bartolomé, en el cuadro de Miguel Ángel, se cambia por una bandera confederada en llamas que sugiere que los esclavizados en América “emergerán triunfantes”.

“Simplemente lo cambié por la quema de la bandera porque quería que tuviera más de positivo: que esta bandera, que nos metía en una caja y nos decía qué hacer y en qué creer, ahora está siendo destruida”, explicó Rosales sobre su cuadro “El juicio final”. Crédito: Lucy Garrett/Harmonia Rosales

Su exposición también se enmarca en un momento cultural más amplio en el que la población negra reclama su lugar en la historia y se apropia de su patrimonio, y en el que se opone a que se reconstruya esta historia. Rosales afirma que no pretende que su obra se utilice como herramienta a favor o en contra de ninguno de estos movimientos, sino que se alegra si contribuye a ese empoderamiento.

“¿Por qué vernos como divinos es político?”. argumenta Rosales. “¿Por qué añadir nuestras narrativas, o incluso intentar alterar la historia, esta base que se construyó y no nos incluyó, es político?”.

“Yo solo lo veo como que estoy contando algo que forma parte de mi cultura y que me gustaría ver más”, añadió. “Estos son mis hijos, y cuando los dejo salir al mundo, ellos deciden en quién quieren convertirse”.

Aunque Rosales pintó inicialmente las figuras para su hija, al final “me encontré a mí misma”, dijo, “me empoderé sobre quién soy”. Cada una de estas [obras de arte] cuenta mis historias”.

“Harmonia Rosales: Master Narrative” se expone en el Museo de Arte del Spelman College, de Atlanta, hasta el 2 de diciembre.

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