Australia ha aguantado tres meses sin declarar oficialmente El Niño. Eso acaba de cambiar y tiene implicaciones

Semana tras semana, el Bureau of Meteorology australiano se ha ido reuniendo para evaluar los datos que tenían sobre El Niño y, semana tras semana, han concluido que los indicios disponibles no eran suficientes.

En un país cualquiera, podríamos pensar que es una simple curiosidad, de un fallo gubernamental o de falta de los medios necesarios. Pero Australia no es un país cualquiera: el subcontinente australiano es uno de los lugares del mundo que más se juegan con golpe del fenómeno y, sin lugar a dudas, tienen medios más que suficientes.

No era una decisión fácil. No declarar oficialmente ‘El Niño’ conllevaba retrasar los esfuerzos del Gobierno, los empresarios y la sociedad para prepararse ante sus efectos. Para plantarse frente a la opinión de la NOAA, de la Organización Meteorológica Mundial y de miles de expertos de todo el mundo, hay que tener mucha entereza.

Ayer, por fin, tras meses de espera, el BoM dijo que, por primera vez en ocho años, se daban las condiciones para decir que El Niño había vuelto.

¿Qué ha cambiado? Durante estos meses, el BoM ha aguantado estoico porque “la diferencia en la presión atmosférica entre Tahití y Darwin todavía no se comporta de la manera que esperaríamos que lo hiciera un El Niño clásico”. Es decir, pese a que el océano daba claras señales de estar calentándose, lo cierto es que la atmósfera no se estaba comportando como debería.

Al fin y al cabo, esa diferencia de presión está directamente relacionada con el debilitamiento  de los vientos alisios y es una métrica clave para medir El Niño. Tan importante que, para los australianos, la tendencia “debe persistir durante  semanas” antes de certificar que El Niño está en marcha. Eso es lo que acaba de pasar.

Si alguien tenía alguna esperanza, ya puede olvidarla. Es curioso, no obstante, que el BoM haya escogido este momento para hacerlo. Mientras escribo esto, Australia está sufriendo una enorme (e inusual) ola de calor en todo el este del país. Algo que no está relacionado, pero imagino que ha precipitado la decisión de los meteorólogos australianos.

Al fin y al cabo, es un buen momento para decir que el calor no va a irse a ningún lado. Braganza reconoció que la superficie del océano ha “estado en temperaturas récord desde abril” y aseguró que “este verano (austral) será más cálido que la media y ciertamente más cálido que los  últimos tres años”.

Y mientras tanto… Ecuador ya ha elevado a naranja la alerta ante la “inminente” llegada de El Niño. En Perú, las muertes por Dengue se han multiplicado por cinco este año respecto al anterior en uno de “los infinitos eslabones de la cadena de consecuencias de El Niño Costero”. Y la NOAA tiene claro que el fenómeno no da señales de debilitamiento.

Las probabilidades de un evento de El Niño “fuerte” o más que fuerte han aumentado al 71%.

Prepararnos para lo peor (aunque no llegue a pasar). Sobre todo, porque lo peor es muy malo. A priori, El Niño más intenso  del que tenemos registros fue en 2015 y la zona de referencia alcanzó un  máximo de 2,6 °C; el siguiente en la lista fue en 1997 y llegó a los  2,4 °C. Teniendo esto en mente, si los pronósticos de la Oficina  Australiana se cumplen, las pérdidas se van a contar por billones.

Nik Martin, hace unos meses, recordaba que las estimaciones económicas dicen que, tras El Niño de 1982-1983, los efectos  financieros duraron media década. Fueron unos 4,1 billones de dólares, según el Dartmouth College. El Niño de 1997-1998 produjo un daño al crecimiento económico mundial de 5,7 billones de dólares.

Eso es un 3% del PIB  estadounidense entre 1988 y 2003. En países como “Perú o Indonesia,  donde la agricultura supone hasta el 15 % del  PIB, sufrieron una caída  del 10 % en 2003”. Es, en términos globales, un desastre.

En Xataka | “Es tan extremo que es difícil de creer”: las previsiones de El Niño dibujan un evento de una intensidad inédita

Imagen | BoM


La noticia

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por
Javier Jiménez

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