Tras la detonación de la primera bomba atómica, los científicos temían algo peor: un incendio nuclear global

— ¿Me está diciendo que hay una probabilidad de que al pulsar ese botón destruyamos el mundo?

— La probabilidad es casi nula.

— ¿Casi nula?

— Qué quiere… Solo tenemos la teoría.

— Nula estaría mejor.

A lo largo de toda la película de Crhistopher Nolan sobre el desarrollo de la bomba atómica, pocos diálogos hay tan intensos como el que mantienen el general Leslie Groves y J. Robert Oppenheimer poco antes de la prueba de Alamogordo.

Y es lógico. Primero, porque lo que ambos discuten, Leslie Groves con un tono encendido y agitado que contrasta con la calma del Oppenheimer encarnado por Cilliam Murphy, es la probabilidad de que la prueba Trinity acabara incendiando la atmósfera de nuestro planeta y convirtiera la Tierra en un enorme espectáculo pirotécnico. Segundo, porque con mayor o menor intensidad tal temor es mucho más que en recurso argumental de Nolan: existió y generó cálculos… y titulares.

¿Y si…?

“Los científicos del Proyecto Manhattan consideraron que encender fuego atmosférico era una posibilidad seria, aunque la forma en que abordaron esa posibilidad parece un tema de controversia histórica”, recuerda Dongwoo Chung en un artículo publicado en la web de la Universidad de Stanford. Sobre el tema llegaron a hablar incluso Arthur Compton, Bob Serber o Hans Bethe, quien hace años charló largo y tendido sobre lo ocurrido en una entrevista recogida por Scientifc American. El tono de sus relatos, eso sí, no siempre coincide.

Bethe relata cómo hacia 1942 Edward Teller se presentó en Berkeley y soltó una bomba argumental, una idea inquietante, al menos a nivel teórico. “Bueno, ¿qué le pasaría al aire si se hiciera explotar una bomba atómica en el aire?”, lanzó el físico, hoy conocido como ‘el padre de la bomba H’, a sus colegas: “Hay nitrógeno y se puede tener una reacción nuclear en la que dos núcleos de nitrógeno chocan y se convierten en oxígeno más carbono, y en este proceso se libera mucha energía”.

Semejante posibilidad llevó a J. Robert Oppenheimer a consultar a Arthur Compton, y derivó en una serie de cálculos que, asegura Bethe, no tardaron en tranquilizar a los expertos del proyecto. “Me senté y analicé el problema de su dos núcleos de nitrógeno podían penetrar entre sí y provocar esa reacción nuclear. Descubrí que era increíblemente improbable“, relataría años más tarde.

Sus cálculos y conclusiones no impidieron que, para relajar la tensión en Los Álamos, otro de los participantes en el proyecto, Enrico Fermi, plantease a sus colegas una apuesta de tintes macabros: las posibilidades de que Trinity acabase incendiando la atmósfera. “Algunos aceptaron”, bromea Bethe, quien garantiza, tajante, que durante la prueba de julio de 1945 estaba absolutamente seguro de que no se desencadenaría una reacción apocalíptica. “Lo único que tenía en mente era que quizás el iniciador no funcionara porque yo tenía que ver con su diseño. Nunca se me ocurrió que prendería fuego a la atmósfera”.

No es el único relato que conservamos de lo acontecido aquellos días. Sobre el temor a una ignición atmosférica reflexionaría también Arthur Compton. En 1959, durante una entrevista con la revista American Weekly, el Premio Nobel de Física de 1927 habló de la inquietante posibilidad deslizada por Teller. Y sus palabras, al menos según las recogió Pearl S. Buck, la escritora con la que charló, apuntan a un tono bastante distinto: “Sería la catástrofe definitiva. Mejor aceptar la esclavitud de los nazis que correr el riesgo de correr el telón final de la humanidad”.

“Y si es hidrógeno, ¿qué pasa con el hidrógeno del agua del mar? ¿No podría la explosión de la bomba atómica desencadenar una explosión del océano mismo? Tampoco era esto todo lo que Oppenheimer temía. El nitrógeno en el aire también es inestable, aunque menos. ¿No podría también ser provocado por una explosión atómica en la atmósfera?”, recoge el relato captado por Buck. La descripción fue lo suficientemente peliaguda como para que el mismísimo Bethe acabase saliendo tiempo después a aclarar que la escritora de American Weekly había “entendido mal” a Compton y no hubo “ninguna posibilidad” de reacción apocalíptica.

Gadget, nombre en clave del dispositivo nuclear.

“Teller planteó la famosa cuestión de encender la atmósfera. Bethe siguió como siempre, hizo los números y demostró que eso no podía suceder. Era una pregunta que había que responder, pero nunca fue nada, una pregunta durante unas horas. Oppy cometió el gran error de mencionarlo por teléfono en una conversación con Compton y este no tuvo el suficiente sentido común como para callarse”, explica  Bob Serber: “De alguna manera llegó a un documento que fue a Washington. Alguien se dio cuenta, surgió la pregunta y la cosa nunca quedó en paz”.

En realidad los miembros del Proyecto Manhattan no fueron los únicos en temer un escenario de repercusiones apocalípticas. En el libro ‘Inside the Third Reich‘, Albert Speer, ex ministro de Armamento y Producción de Guerra en la Alemania nazi, explica que el físico Werner Heisenberg no pudo aportarles una respuesta tranquilizadora sobre la seguridad de una prueba atómica.

“Heseinberg no había dado ninguna respuesta definitiva a mi pregunta de si una fisión nuclear exitosa podría mantenerse bajo control con absoluta certeza o podría continuar con una reacción en cadena —recodaba Albert Speer en su libro, de 1969—. Hitler claramente no estaba encantado con la posibilidad de la tierra bajo su control pudiera transformarse en una estrella incandescente”. Hace poco la cadena BBC publicaba un reportaje en el que explica cómo los temores a las reacciones capaces de destruir la Tierra son anteriores a las primeras pruebas nucleares.

Porque cuando se habla de una posible deflagración apocalíptica, por remota que sea, la probabilidad más tranquilizadora es la “nula”, como sostiene Groves.

Imágenes: Los Alamos National Laboratory

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La noticia

Tras la detonación de la primera bomba atómica, los científicos temían algo peor: un incendio nuclear global

fue publicada originalmente en

Xataka

por
Carlos Prego

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