Vox espera recuperar votos ante la “tibieza” del líder del PP frente al separatismo

La espantada de los 33 diputados de Vox cuando el portavoz del PP, Borja Sémper, empezó a hablar en euskera el pasado martes en el Congreso ofreció una imagen insólita. Nunca Santiago Abascal y los suyos habían dado plantón a un dirigente del partido con el que gobiernan en cinco comunidades autónomas y más de un centenar de ayuntamientos. Pero, tras unos momentos de desconcierto, no tuvieron más remedido que abandonar el hemiciclo: ya lo habían hecho cuando el diputado socialista José Ramón Gómez Besteiro intervino desde la tribuna. No podían discriminar al PP respecto al PSOE ni al euskera frente al gallego.

En los pasillos, el líder de Vox cargó contra Sémper, al que acusó de “llamarse canelo a sí mismo” porque la víspera había dicho que su grupo no haría “el canelo” en el debate para oficializar el uso de las lenguas cooficiales en el Congreso. A continuación, lanzó un torpedo contra el PP, anunciando la presentación en el Senado de una propuesta para prohibir el catalán, el gallego y el euskera en la Cámara alta, donde se vienen usando desde 2005, y con más amplitud desde 2011, sin problemas. “Espero que el PP la apoye”, apostilló, recordando que los populares tienen mayoría absoluta en el Senado. Una exigencia inaceptable para Feijóo que presumía de utilizar un “bilingüismo cordial” (castellano y gallego) en sus intervenciones como senador.

No ha sido ese el único desencuentro de los dos partidos de la derecha en la última semana. El jueves, el PP votó contra las enmiendas de Vox a la reforma del reglamento del Congreso, que pretendían obligar a los diputados a usar solo el castellano en sus escritos y discursos.

El conflicto se ha extendido hacia arriba y hacia abajo. Hacia abajo, en Baleares, donde el PP exige a los ultras que retiren su propuesta de que todas las administraciones hagan sus comunicaciones también en castellano, bajo amenaza de multa. Es decir, lo mismo que en Cataluña consideran una forma de coacción y en el Congreso un gasto innecesario. Pero a la inversa.

Hacia arriba, en Bruselas, donde el Grupo Popular rechazó el martes por “prematura” una petición de Vox para que la Comisión de Libertades Civiles del Parlamento Europeo debatiera la supuesta amenaza al Estado de derecho en España que supone la hipotética amnistía que Pedro Sánchez estaría negociando con los independentistas. Días antes, Vox había criticado al PP por dialogar con Junts y permitir que formara grupo propio en la Cámara alta sin tener senadores suficientes.

Feijóo intenta desmarcarse de sus socios ultras en la confrontación por el modelo territorial, consciente de que la alternativa de Abascal es la demolición completa del Estado de las autonomías. Y los dirigentes de Vox no ocultan su “decepción” por no haber sido invitados al acto contra la aún hipotética ley de amnistía que los populares celebran hoy en Madrid. Están “sorprendidos”, según sus palabras, de que lo que inicialmente iba a ser una gran movilización se haya quedado al final en un mitin.

Abascal no aparecerá por un acto en el que sabe que no es bienvenido, pero viajará el día 8 de octubre a Barcelona para participar en la manifestación que, con el mismo motivo, ha convocado Societat Civil Catalana (SOC), la asociación que promovió en Cataluña las manifestaciones contra el procés. Vox planea volcarse en esta convocatoria y exhibir su músculo movilizador frente a un Feijóo que no se decide a encabezar la protesta callejera y aún deshoja la margarita de si acudir o no a Barcelona. Los populares “están inmersos en un mar de incoherencias que nos impiden comprender cuál es su postura”, se queja la nueva portavoz del grupo ultra en el Congreso, Pepa Millán.

En privado, algunos dirigentes de Vox se frotan las manos ante lo que califican como “tibieza” de Feijóo ante la “traición” del PSOE frente a las exigencias nacionalistas. A fin de cuentas, el partido ultra nació del desencanto de un grupo de dirigentes populares, como Alejo Vidal-Quadras y el propio Abascal, contra la actitud según ellos pusilánime del Gobierno de Mariano Rajoy ante el órdago del nacionalismo catalán. “El PP [sigue] todavía sin darse cuenta del desafío, como si hubiera vuelto al desconcierto letal del 2017″, ha escrito estos días Abascal, comparando a Feijóo con Rajoy y evocando el referéndum ilegal del 1-O.

Los resultados de las elecciones del 23-J dejaron a Vox en shock. La formación ultra no solo no consiguió los escaños necesarios para completar una mayoría de derechas, como esperaba, sino que perdió 19 de los 52 escaños que tenía. La inesperada dimisión de su portavoz en el Congreso, Iván Espinosa de los Monteros, tras un rosario de ceses o dimisiones de los representantes del sector ultraliberal del partido, sumió a Vox en una crisis depresiva. Incluso se empezó a rumorear una posible retirada de Abascal.

Sin embargo, el retorno del expresident Carles Puigdemont a la primera línea política parece haber servido como un revulsivo. El discurso tradicional de Vox, que alerta sobre el riesgo de ruptura de la unidad de España, se ha convertido en leitmotiv de toda la derecha, pero ningún partido lo entona con tanta convicción. La nueva legislatura ha comenzado con la polémica de las lenguas y avanzará, si lo hace, discutiendo la amnistía y la autodeterminación, siempre en el terreno de juego en el que más cómodo está Vox.

Fuentes del partido no ocultan que la actitud dubitativa de Feijóo deja el campo libre a Abascal para recuperar parte del electorado que le robó el PP en las últimas elecciones. El pesimismo se ha tornado en optimismo y las bases de Vox parecen haberse olvidado ya de Espinosa de los Monteros. Tras los recelos que provocó su nombramiento por su falta de experiencia, las bases de Vox jaleaban esta semana a su sucesora, Pepa Millán, por la burla que hizo en el Congreso del diputado de la Chunta Aragonesista Jorge Pueyo, quien denunció la represión de la lengua aragonesa.

Pese a sus roces, Abascal votará el miércoles a favor de la candidatura de Feijóo, pero solo después de haberle advertido que “tiene que enfrentar la realidad”, que no va a ser presidente del Gobierno y que “su investidura no tiene otro sentido que el de visibilizar el ataque a la nación y a la convivencia” por parte del PSOE y sus socios.

Frente a lo que pretende el PP, la movilización en la calle no está al servicio de la investidura de Feijóo, sino al revés.

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