¿Peor imposible?

Excepto los niños y los enfermos terminales, todo dios parece estar encabronado con la vida. Incluyo al masivo ejército de ultracuerpos que se mueve por las calles enganchado a un aparato. También poseen expresión ceñuda y obsesionada. Todo va mal y existe la razonable certidumbre de que puede ir a peor. Y tratas de imaginar el terror de la gente que la palmó o sobrevivió en las dos guerras mundiales, culmen del espanto colectivo en la historia de la humanidad. Es posible que aquel horror pueda ser igualado. No solo con guerras apocalípticas. También con la temible e imparable revolución o venganza del clima, aunque aquellos que posean aire acondicionado lo pasen menos mal que los parias de cualquier parte.

También percibes el acojone colectivo en los supermercados, con gran parte de la clientela observando compulsivamente el precio de los alimentos y de las cosas. Dudo que esas sensaciones las sufra la clase política. Su sueldo está asegurado. Y mientras tanto se dedican a imponer carnets de ciudadanos progresistas o reaccionarios. Qué cómodo debe de ser etiquetar al personal como los buenos y los malos, saber que Dios siempre está de tu parte.

En medio de la barbarie en Palestina e Israel leer en una entrevista que le hacen en La Vanguardia a Ami Ayalon, que dirigió durante cuatro años el servicio secreto interior de Israel, proporciona un poco de lucidez y de ozono: “Tendremos seguridad cuando ellos tengan esperanza”.

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