La última (y larga) vida de las calderas de gasoil

Para entender la transición energética basta con tener buen olfato y algo de memoria. Milagros López, de 50 años, convivió con una caldera de carbón durante su infancia y recuerda que, cuando el carbonero llegaba a casa, su madre retiraba los muebles para que nada se impregnase de hulla; lo inevitable, relata, era el olor a “humo encerrado”. Ahora los recuerdos —y los olores— son otros. Para calentar su casa en Manzanares el Real (en la sierra de Madrid), ahora utiliza una caldera de gasóleo que solo emana el peculiar aroma del gasoil cuando llena el depósito. Uno que no le gusta nada, aclara.

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