El vacío como horizonte político

“Un horizonte: conservar el control de nuestro destino, liberar el potencial de Francia y rearmar nuestro país”. El estreno en X de Gabriel Attal como primer ministro, el más joven de la historia de la V República, ha dejado perplejo a más de un analista político francés como el periodista y politólogo Clément Viktorovich, especialista en descifrar las estrategias retóricas de los políticos, que incluso elaboró en Instagram un minucioso análisis de texto para intentar hallar en sus palabras algo de sentido en vano. ¿Acaso existen franceses que quieran perder el control de sus destinos y encerrar el potencial de Francia a favor de liberar la mediocridad?, se preguntaba irónicamente Viktorovich, que sintió que estaba contemplando el mismísimo abismo.

Merci Monsieur le Président pour votre confiance. Je mesure l’honneur qui m’est fait d’être nommé Premier ministre.

Un cap : garder le contrôle de notre destin, libérer le potentiel français et réarmer notre pays.

Au travail, avec force, humilité et sans tabou au service des…

— Gabriel Attal (@GabrielAttal) January 9, 2024

Pocas veces me había resultado tan evidente el concepto de vacío ―esbozado en 2016 por Jacques Attali, consejero de presidentes como Mitterand y personaje clave en la ascensión meteórica de Macron, para definir lo que encarnaba el entonces ministro de Economía de Hollande― como después de leer el proyecto de Attal. Creo incluso que, tras siete años de macronismo, quizá sea la idea que mejor permite entender esta corriente, como defiende el filósofo y politólogo Pierre-André Taguieff para quien el macronismo es el “reino del vacío”. El vacío como ausencia de horizonte político y como herramienta discursiva. De los eslóganes y de los position paper sin alma viven el marketing y las agencias de comunicación, pero de eso no puede alimentarse un Gobierno.

La idea de vacío es también lo que predomina cuando intentamos comprender la cuarta remodelación ministerial emprendida por Macron, que el Nouvel Obs ha calificado de “enésima operación de comunicación”, con un primer ministro “condenado al papel de superportavoz” del presidente. Más allá del arriesgado propósito de derechizar el Gobierno en un intento desesperado por reducir el avance del Reagrupamiento Nacional de cara a las elecciones europeas de junio, ¿qué visión política justifica que Attal, popular en las encuestas pero sin balance conocido a excepción de la prohibición de la abaya en la escuela, acabe siendo primer ministro de Francia? O que a la sarkozista Rachida Dati, imputada por un supuesto caso de corrupción, se le entregara, sin tener una competencia real en la materia, la cartera de Cultura, interrumpiendo el plácido descanso de un Malraux que debe estar retorciéndose en la tumba. ¿Es esta la regeneración democrática que prometía Macron?

El vacío, por fin, adornado de sarkozismo, es lo que desprendía este martes el discurso del mandatario a la prensa, con medidas como la introducción del uniforme escolar o el aprendizaje obligatorio de La marsellesa en Primaria, por hablar solo de educación, cuando los problemas que realmente afectan al sector residen en el cierre de clases en la educación pública a favor de la privada, la falta de profesores, la precariedad de sus condiciones de trabajo y su desprestigio social. En los 25 minutos que duró la alocución, no hubo ni una palabra sobre el desafío climático, el sistema sanitario y su personal al borde del colapso, la situación de extrema pobreza en la que se encuentran muchos estudiantes, o sobre la crisis de la vivienda. Lo que sí quedó claro es que “Francia tiene que seguir siendo Francia” ―copyright de Éric Zemmour―, y que para conseguirlo el país necesita “orden” y “autoridad”.

🤔 Ce soir, @EmmanuelMacron veut que « la France reste la France », « forte et juste ». Ça vous rappelle quelque chose ?

Zemmour 2022
Ciotti 2021
Le Pen 2018
Sarkozy 2012

Macron 2024#Macron20h pic.twitter.com/wQtBcnghEA

— Parti socialiste (@partisocialiste) January 16, 2024

En Los ingenieros del caos, el escritor Giuliano da Empoli nos alertaba sobre el peligro que representan para nuestras democracias los líderes populistas que, como Trump o Salvini, adaptan su política al funcionamiento de las redes sociales con mensajes ultra emocionales y contundentes que les hacen ganar cada vez más devotos. Mienten, manipulan, pero dicen algo y el proyecto de sociedad que defienden es más claro que el agua. Para combatirlos, necesitamos algo más que las palabras huecas y la ausencia de visión política de los ingenieros del vacío.

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