Hace 20 años descubrimos que los antidepresivos podían combatir el cáncer. Ahora hemos dado un paso más allá

En el año 2004, un grupo de científicos israelíes saltaron a la palestra internacional con algo que sonaba extrañísimo: el ‘prozac’ (uno de los antidepresivos más consumidos del mundo) podía ayudar a combatir el cáncer. Es decir, los antidepresivos no solo tenían utilidad para ‘lidiar’ con los efectos psicológicos de la enfermedad, sino que combinados con los antitumorales generaban mejores resultados.

Solo podía intuirlo, pero estaban abriendo una puerta clave que unos investigadores chinos creen que acaban de cruzar para siempre. Y lo mejor de todo es que lo que importa realmente no es si están en lo cierto.

¿Qué tienen que ver los antidepresivos con las células cancerígenas? Pues bastante. Eso sí, no es algo que afecte a todos los antidepresivos, ni tampoco a todos los abordajes terapéuticos del cáncer. Por lo que sabemos un tipo concreto de los antidepresivos tradicionales (los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina – ISRS) “sensibilizan los tumores a la  quimioterapia“.

Es decir, por sí solos no hacen nada contra la enfermedad, pero (combinados con otros medicamentos) la resistencia a los fármacos que está detrás de muchos de los problemas más frecuentes de la quimioterapia. Durante estas dos décadas, la idea se demostró tan buena como sonaba, pero había muchos problemas asociados.

La fluoxetina los tiene, por ejemplo. La fluoxetina (el prozac) fue muy usado durante años y es una muestra perfecta de los problemas de los antidepresivos clásicos. En general, es muy lenta funcionando y tiene una buena cantidad de efectos secundarios que la acompañan.

Por ello, durante estas dos décadas, investigadores de todo el mundo han tratado de encontrar otros fármacos con efectos similares, pero más efectivos, precisos y seguros. Por ejemplo en 2022, la sertralina demostró que tenía este efecto con algunos cánceres de “pulmón, colon y recto, hígado, cerebro, piel, boca, ovarios, próstata o sangre”. Un año antes, los inhibidores de la monoamino oxidasa mostraron efectos en el mismo sentido.

El problema es que, como en el caso de la fluoxetina, hablamos de medicamentos antiguos que (aunque se usan ampliamente) tienen complicaciones asociadas. Y, en muchos casos, los medicamentos interactúan de formas complicadas dentro del cuerpo. Es decir, la investigación sobre los “efectos tumorales” de los antidepresivos va muy lenta (sobre todo, cuando los humanos entran en la ecuación).

Entra la ansofaxina. Ahora un equipo de China ha demostrado otro antidepresivo (que aún se encuentra en proceso de aprobación) comparte el mismo potencial complementario. La ansofaxina es legal en China como tratamiento de la depresión mayor, pero aún no ha sido aprobada ni en EEUU, ni en Europa.

Los resultados son muy interesantes en la medida que reforzaba la capacidad de las CD8-T para combatir las células, pero son aún muy modestos y se encuentran en una fase de investigación muy preliminar. Pero no importa demasiado.

La buena noticia está en otro lado. En que, pese a los problemas inherentes al sistema farmacológico internacional (y sus “jardines vallados” gracias a la propiedad intelectual), los investigadores siguen mirando más allá de lo evidente, buscando cómo usar la enorme cantidad de conocimientos que tenemos a mano para seguir avanzando en nuestra guerra contra la enfermedad.

En Xataka | Lo que el medicamento más caro del mundo nos dice sobre el futuro de la industria farmacéutica

Imagen | National Cancer Institute


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Hace 20 años descubrimos que los antidepresivos podían combatir el cáncer. Ahora hemos dado un paso más allá

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Xataka

por
Javier Jiménez

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