Pelea de ancianos

No hubo sorpresa. Donald Trump ganó holgadamente. No fue una paliza enorme como en Iowa, donde destrozó a Ron DeSantis, el candidato que realmente pudo hacerle sombra. Nikki Haley cree que ha salido viva de su segunda derrota. Se diría que lo confirma la reacción airada del ex presidente, que no es la de un ganador eufórico. Se debe a su mal ganar, que es como su proverbial mal perder, demostrado desde que salió de malas maneras de la Casa Blanca. Solo se siente a gusto cuando aplasta al adversario. De ahí su furiosa reacción ante la voluntariosa persistencia de Haley, a la que quería descabalgar en New Hampshire.

El republicanismo tradicional que ella representa se resiste a morir. Mantiene su débil apuesta porque no quiere entregar sin pelea los restos del naufragio. Por eso Haley ha señalado que las primarias no son una coronación, sino una elección. Con su resistencia, da legitimidad a quien vaya a ser el candidato, a Trump incluso, y mantiene viva una alternativa conservadora al trumpismo. Es también una rueda de recambio, por si las dificultades judiciales interrumpen la marcha triunfal de su rival republicano después de haberle sido tan útiles para victimizarse y recaudar fondos electorales. El viejo partido, incluidos los principales cargos electos y el aparato, es todo propiedad de Trump. Desde el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 no ha parado de crecer la proporción de votantes republicanos convencidos de que le robaron las elecciones y sufre una injusta persecución política en los tribunales con el único objetivo de evitar su regreso a la Casa Blanca. Para la masa inmensa de quienes creen estas burdas fabricaciones populistas, votarle es defender la democracia, exactamente lo contrario de lo que proclaman Joe Biden, el partido demócrata y la opinión liberal de todo el mundo. A diferencia de Trump, Biden ya da a Haley por descartada. El presidente prefiere al feroz rival que moviliza a los suyos que a la educada ex gobernadora de Carolina del Sur y ex embajadora en Naciones Unidas. Sin un accidente de recorrido, siempre posible con nueve meses por delante, la Casa Blanca tendrá dentro de dos años a un octogenario como inquilino. Biden ya es el presidente en ejercicio más anciano de la historia, pero Trump también fue el de edad más avanzada en alcanzar la presidencia. Quien gane el próximo noviembre batirá de nuevo las plusmarcas. Y si es Trump, podrá batirlas de nuevo en un tercer mandato, que sería el segundo consecutivo, y le permitiría cumplir 86 años en la Casa Blanca.

Todo es oscuridad sobre el futuro de la democracia en Estados Unidos, y en el mundo, si el trumpismo se instala para cuatro años más, prorrogables otros cuatro. Solo hay algo que ya está claro. La liza que está en marcha entre esos dos hombres de edad avanzada, cada uno con sus lapsus, verbales Biden y mentales Trump, da una imagen nada reconfortante de la deriva gerontocrática de la superpotencia, al estilo de las autocracias rusa y china.

Seguir leyendo

Post Relacionados

Suscríbase a nuestros boletines

Únete a nuestra comunidad de lectores informados y mantente al día con las noticias más importantes.